Unicidad, pluralidad y comunidad. Debates sobre el Estado latinoamericano
martes, 24 de abril de 2018
viernes, 9 de marzo de 2018
Violencia, "guerra contra el narco" y despojo múltiple
Lecturas:
Echeverría, Bolivar
(1998). Valor de uso y utopía. México:
Siglo XXI.
Bartra, Armando (2016). Hacia un marxismo mundano. México:
Itaca.
Paley, Dawn. Capítulo 1: La guerra en contra del
narcotráfico en México a contrapelo. Tesis.
Si analizamos el contexto latinoamericano después de la caida del muro de Berlín, observamos un esfuerzo desde el Estado-nación capitalista por la
homogenización de las distintas expresiones sociales y políticas en el marco de una democracia liberal aparente, de un consenso en cuanto a las formas de hacer la política y entender la autonomía que pretende anular la disputa de las décadas anteriores. Se delega de esta manera el uso de la fuerza únicamente al aparato estaral con una suerte de pacificación de la sociedad al interior así como el monopolio
y gestión del terror.
A pesar de este intento de uniformidad, es posible encontrar que en la
sociedad civil existe una suerte de desigualdad estructural imposible de
ocultar, pues alberga al interior el conflicto entre explotadores y explotados
propio de las sociedades capitalistas. En ocasiones estas contradicciones llegarán
al punto en que serán expresadas de manera violenta, momento en el cual el
Estado neoliberal desplegará una serie de mecanismos que tendrán como una de
sus principales tareas naturalizar la idea de que la violencia es de su uso
exclusivo; a cambio de esta delegación lo que el ciudadano obtiene es la protección
del enemigo interno o externo que es creado y presentado como una
amenaza para esta pretendida paz al interior de los Estados y sobre el cual
entonces está justificado el uso de la fuerza. A lo largo de la historia estos
"enemigos" deshumanizados han encarnado en forma de minorías que necesariamente serán combatidas
con el objetivo de salvaguardar la seguridad al interior de las fronteras
nacionales. Ultimamente observamos los esfuerzos de parte de los Estados de construir la hegemonía a partir de la figura de la "inseguirdad", al suscitar el caos, desgarrar el tegido social y mermar la capacidad de protesta.
Bajo esta lógica del uso exclusivo y justificado de la violencia por parte
del Estado bajo pretexto de salvaguardar los intereses de sus ciudadanos y mantener
esta falsa paz, en México se ha desplegado desde los años 60 una campaña de
desprestigio hacia algunos sectores, por lo cual: "matar antisociales, sean éstos delincuentes o subversivos, no es romper el orden,
es preservarlo" (Bartra, 2016: 226). Recurriendo a Benjamin, Armando Bartra
aborda el tema de la violencia ascendente en México: a través de la
instauración del derecho en las sociedades, se crea una suerte de violencia
permanente sobre la que se forman instituciones y constituciones políticas que
se mantendrán de pie gracias al monopolio de la fuerza que a su vez permite la
reproducción de la economía transnacional soportada por la extracción del
plusvalor y actualmente también por el despojo a la naturaleza.
A pesar de que en México las relaciones sociales se encuentran supeditadas
a leyes escritas y en parte al capital transnacional, existe una dimensión de
poder que se extiende más allá, lo que es conocido como biopoder, concepto que
retomado de Michel Foucault hace referencia al modo en que este aparato estatal
logra disciplinar no solo los cuerpos sino las mentes de los ciudadanos, por lo
que uno de los objetivos más buscados por el Estado será el de hacer
desaparecer todo aquello que se salga del orden, confundiendo la razón del
aparato gubernamental con el terror. Cuando se logra someter a este régimen adoctrinando
a los cuerpos, es posible manipular, pues en un entorno en el cual la violencia
se ha generalizado, será más fácil para el gobierno ocultar la represión, pues
se vuelve "necesaria" para preservar el orden.
Siguiendo este argumento es posible reflexionar sobre la violencia
incontenible que se ha desatado en todo el territorio nacional, que si bien no
surge como tal con la toma de poder de Felipe Calderón en 2006, si tiene un
impulso nunca antes visto, convirtiéndola en lo que Paley denomina como una
guerra, pues el gobierno mexicano utiliza la violencia como instrumento para
obtener la obediencia de los pueblos. Esta nueva guerra ha estimulado los
procesos de despojo múltiple en favor del capital transnacional; la Iniciativa
Mérida impulsada por Estados Unidos que apoya al combate militarizado al
narcotráfico es sólo una muestra de que al país del norte le interesa la
permanencia de este conflicto.
Oficialmente existe un discurso en el que esta guerra está destinada a combatir
el narcotráfico, mismo que es reproducido por muchos medios de información
masiva, aunque al pensar en la estructura fuerte del Estado parece un poco
dudoso que existan células criminales que operen al margen del mismo, sobre
todo porque en el caso mexicano existen distintos niveles en los que la
violencia se acepta y no sólo eso, sino que es necesaria para el funcionamiento.
En este sentido vale la pena analizar el planteamiento de que la violencia sea impulsada
por grupos criminales, pues cada vez es más común que existan cuerpos
policiacos e incluso castrenses que o pertenecen a estos grupos delictivos u
operan a la par.Eso nos lleva a la reflexión sobre la inutilidad de categorías como el "Estado fallido", puesto que justo estas son las formas de relacionarse con la sociedad y reproducirse del poder estatal en México y América Latina, donde es el Estado, tanto en su presencia como ausencia, que domina y perpetua las relaciones violentas y corruptas.
En muchos lugares de México existe una confrontación directa con el Estado
por parte de ciertas poblaciones que se encuentran asentadas en lugares
estratégicos para la extracción de recursos y consecuente operación del capital
transnacional, momento en el que se despliegan estas estrategias estatales en
la que van a nombrar a estos grupos disidentes como los Otros que amenazan la estabilidad: con la configuración de las
mentes de los sujetos, existe una despolitización de las luchas de estos
sectores, pues serán reducidos a un conflicto en el que tendrán intereses
encontrados con los intereses estatales y por lo tanto con la seguridad
nacional permitiendo así que las empresas sigan adelante con sus planes de despojo
sobre todo hacia comunidades indígenas.
Con el deseo del control territorial, la combinación entre terror e
intereses capitalistas se otorga a la violencia un papel fundamental para la expansión
y operación de los mercados internacionales dañando irreversiblemente tejidos
comunitarios y comunidades indígenas.
Autora: Elena Hérnandez Maldonado
miércoles, 24 de enero de 2018
Tomar el poder sin cambiar el mundo
El libro de Pierre Gaussens Tomar el poder sin cambiar el mundo. El fracaso de la izquierda latinoamericana, México, Yecotli, Prodeduc, 2017.
En
la década de los años 2000 en América Latina, la llegada al poder de
una serie de nuevos gobiernos en varios países (con Chávez, Lula,
Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Mujica…) dibujó un giro a la
izquierda en el panorama político regional. Sin embargo, su comprensión
desde la ciencia social ha sido dificultada por los posicionamientos
ideológicos y los discursos oficiales, los cuales suelen presentar a
este giro como una “revancha histórica” de los pueblos frente al
neoliberalismo, cuando no, inclusive, como un proceso revolucionario y
la construcción de una alternativa al capitalismo.
En
contra de esta ilusión, Pierre Gaussens explica por qué este giro a la
izquierda obedece a reconfiguraciones estructurales que, en realidad,
son favorables a la profundización del capitalismo en el continente y
así, entran en contradicción con las luchas de los movimientos sociales
de las dos décadas anteriores. Esta paradoja es demostrada a partir del
caso ecuatoriano, con el gobierno de Rafael Correa y la llamada
“revolución ciudadana”.
Tomar el poder sin cambiar el mundo sitúa los límites de una estrategia política agotada.
Entenderlo implica inscribirse en el gran debate acerca de la revolución
y el cambio social, el mismo que fue abierto a inicios del siglo por el
Foro Social Mundial. Ahora es tiempo de hacer un balance crítico sobre
la praxis de gobierno por la izquierda, en relación con las luchas
populares que indirectamente la llevaron al poder. El veredicto del autor es
inapelable: la izquierda latinoamericana fracasó.
Reflexiones y debate surgido en torno al libro:
- Se indica en el fracaso de la vía estatal de "cambiar el mundo", y por ende el agotamiento de la propuesta de la vieja izquierda latinoamericana. Hay una necesidad urgente de repensar las luchas y dirigirlas hacia la autonomía en relación con los canales institucionales que no sólo no ayudan, sino todo lo contrario, han debilidato enormemente los movimientos sociales en la última década.
- Se pregunta si hablar del "fracaso de la izquierda" es justificado y si no perjudica a las diversas izquierdas existentes en América Latina que no comulgan con los "progresismos". El autor indica que actualmente la división horizontal entre la izquierda y la derecha no sirve y opta por la dicotomía vertical "arriba y abajo", indicando que la palabra "izquierda" entre los movimientos sociales es cada vez más asociada con la vieja izquierda partidaria y por eso rechazada. Sería una de las consecuencias negativas de los gobiernos de "giro a la izquierda" que en este nombre aplicaban políticas perfectamente conservadoras de "derecha". Nos preguntamos si no podríamos recuperar el concepto de la izquierda en su sentido rebelde y, sobre todo, anticapitalista, al decir del zapatismo "abajo y a la izquierda".
lunes, 25 de septiembre de 2017
Coloquio Repensar las autonomías
Los invitamos al Coloquio Internacional de nuestro Proyecto PAPIIT IN300617
REPENSAR LAS AUTONOMÍAS
LUCHAS INDÍGENAS Y EL ESTADO EN AMÉRICA LATINA
lunes, 12 de junio de 2017
La tierra territorio frente al proceso de acumulación capitalista por desposesión, Bolivia
Salazar, Cynthia, La tierra
territorio frente al proceso de acumulación capitalista por desposesión:
Movimientos indígenas campesino y reforma agraria en Bolivia. Una lectura desde
el Siglo XXI, tesis para optar por el Grado de Maestra en Estudios
Latinoamericanos por el PPELA-UNAM, México, 2017. Disponible en
http://132.248.9.195/ptd2017/mayo/409065734/Index.html
En América Latina, el siglo XXI fue
recibido en medio de augurios esperanzadores que hablaban de un viraje
estructural —en ciertos países como Venezuela, Bolivia y Ecuador— en el modo en
que se organiza la vida en sociedad, no sólo en el ámbito político, sino
incluso en lo económico.
Así pues, las voces no sólo contra el
neoliberalismo, sino también contra el imperialismo estadounidense, guiaron una
serie de luchas y procesos que posibilitaron la emergencia de nuevos regímenes
políticos. La novedad de estos regímenes no radicó en la construcción de nuevas
propuestas de organización de la vida política y económica distintas de las
liberales, sino en la articulación propia de las diversas organizaciones
sociales que acompañaron la gestación de las emergentes estructuras de poder
político. La coyuntura política gestada por una
serie de movilizaciones populares, indígenas, campesinas y obreras permitió un
recambio de las fuerzas políticas ocupantes del aparato de Estado. A su llegada
al poder estatal, estas fuerzas políticas se valieron de discursos antiimperialistas
y posneoliberales como un mecanismo retórico de legitimación, y no como un
genuino programa político-económico aplicable en la medida de lo realmente
existente y lo realmente posible.
En los hechos, el "posneoliberalismo" se ha traducido, más bien,
como una vuelta al Estado como eje
mediador para la acumulación de capital, el cual se ha dedicado a invisibilizar
la continuación de la desposesión por medio de mecanismos basados en el control
social disfrazado de políticas sociales redistributivas, o bien, de "nacionalización" de los recursos. Ante ello cabe preguntarse sí las
políticas económicas y sociales que impulsaron estos gobiernos —casi dos
décadas después— se han traducido efectivamente en una mayor democratización
de los recursos y de la vida política. O bien, justamente el escenario internacional de
crisis y transición ha sometido a las luchas populares a la camisa de fuerza
del capital y, por medio de los mecanismos de control social, se han ajustado
las correas.
Es innegable que, pese a las políticas distributivas
—cualesquiera que se hayan implementado—, los mecanismos de dominación,
explotación y despojo hacia los pueblos permanecen vigentes y se reactualizan. La vigencia
del despojo cobra visibilidad frente a nuestros ojos porque la resistencia de
las comunidades frente a la embestida del capital nos hace advertirlo. Sin la
resistencia, sin la lucha, sin su negativa a que su historia, su lengua y sus
modos de vida sean devorados por el apetito ilimitado del capital, difícilmente
podríamos nombrarlo.
Todo lo dicho anteriormente se actualiza
en un escenario sumamente complejo: el de la Bolivia Plurinacional. Aquí las
reformas y otras legislaciones agrarias —promulgadas tras la Revolución de
1952— no lograron satisfacer las demandas originales de los movimientos
indígenas campesinos en cuanto a la restitución y garantías de sus tierras
territorios, puesto que las implicaciones de estas demandas se contraponen al
proceso de acumulación capitalista por desposesión característico de América
Latina. Ya en el nuevo milenio, el Movimiento al Socialismo (MAS) aun cuando
retomó los discursos de lo antineoliberal y antiimperialista, no revirtió los procesos de desposesión vigentes.
En ese sentido, la noción de “acumulación
originaria” planteada por Marx y Engels utilizada
para dar cuenta de cómo el capital, para constituirse como tal, requirió de la disociación
del productor directo de sus medios de producción como un proceso primitivo— ha
sido retomada para plantear la vigencia de las estructuras violentas que han perpetuado
el despojo de ciertos recursos en regiones como la nuestra, de ahí que la categoría
de acumulación por desposesión propuesta por Harvey nos permite comprender y explicar
el actual proceso de fagocitosis del capital en Bolivia y parte de América
Latina a costa de la tierra territorio de las comunidades.
La vigencia del “patrón exportador de
especialización productiva” demanda la subsunción, cada vez mayor y más
profunda, del espacio que había logrado subsistir, si bien no completamente al
margen del capital, sí de manera limitada; es decir, la subsunción de la tierra
territorio de los pueblos y comunidades indígenas. Este proceso presenta mayor
incidencia en aquellos países en los que el sometimiento de los pueblos originarios
desde la Colonia ha significado otros cauces para la extracción del valor en
función de la lógica de acumulación de capital, como es el caso de Bolivia. El proceso de acumulación del capital está
fuertemente ligado con los procesos de desposesión de la tierra territorio de
las comunidades indígenas campesinas. Su carácter racista, etnocéntrico y
excluyente, naturaliza la desposesión en nombre del progreso y desarrollo. No
obstante la llegada al aparato de Estado de nuevos gobiernos apoyados por las
organizaciones populares, la dinámica que rige la economía política no ha
variado significativamente. Pese a los discursos retóricos antiimperialistas
y posneoliberales que enarbola el régimen masista, la extracción de valor
apoyada en mecanismos de desposesión contra los pueblos indígenas y a favor del
capital, persisten. En ese sentido, queda claro que la dinámica que rige la economía
global subsume, readecúa y refuncionaliza toda estructura que le podría parecer
ajena o contraria y, con ello, los proyectos —genuinos o no— de organización política
que aspiren a la soberanía.
Todo esto lo observamos en el caso concreto del "boom de la quinua" en los Andes bolivianos, fomentado por el gobierno del MAS, cuyas consecuancias son las siguientes:
- las repercusiones ecológicas: erosión eólica, desertificación, desfertilización, plagas,
- la pérdida de diversidad genética del grano.
- el monocultivo para el mercado mundial sustituye los cultivos tradicionales para el consumo interno,
- el abandodo de cultivos tradicionales, de la ganadería y pastores de las llamas.
- la pérdida de la soberanía alimenticia de las comunidades, el abandono de la producción para el autoconsumo: ¿para qué producir alimentos si podemos comprarlos?
- la reestructuración del uso del suelo, privatización, acaparamiento de la tierra en contra de las comunidades y de la propiedad colectiva, el sistema de tierras tradicional afectado,
- la mecanización, los créditos, abanos artificiales,
- la desaparición de la aynuca, es decir: del descanso de la tierra y de las formas ancestrales de respetar y cuidarla,
- conflictividad creciente entre las comunidades,
- afectación del sistema de autoridades tradicionales, reconfiguración de las estructuras comunitarias: sindicalización, diferenciación de clase, surgimiento de nuevas élites, y la refuncionalización de las dinámicas comunitarias según las necesidades del mercado.
Lecturas recomendadas:
Albó, Xavier, "Campesino-indígena:
Indagando conceptos", Diálogos, Textos breves sobre desarrollo rural
solicitados por el Instituto para el desarrollo rural de Sudamérica, N. 42,
2010.
Ormachea, Enrique y Ramírez, Nilton, Propiedad
colectiva de la tierra y producción agrícola capitalista. El caso de la quinua
en el Altiplano sur de Bolivia, Bolivia, CEDLA, 2013.
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