viernes, 9 de marzo de 2018

Violencia, "guerra contra el narco" y despojo múltiple



Lecturas:


Echeverría, Bolivar (1998). Valor de uso y utopía. México: Siglo XXI.
Bartra, Armando (2016). Hacia un marxismo mundano. México: Itaca.
Paley, Dawn. Capítulo 1: La guerra en contra del narcotráfico en México a contrapelo. Tesis.



Si analizamos el contexto latinoamericano después de la caida del muro de Berlín, observamos un esfuerzo desde el Estado-nación capitalista por la homogenización de las distintas expresiones sociales y políticas en el marco de una democracia liberal aparente, de un consenso en cuanto a las formas de hacer la política y entender la autonomía que pretende anular la disputa de las décadas anteriores. Se delega  de esta manera el uso de la fuerza únicamente al aparato estaral con una suerte de pacificación de la sociedad al interior así como el monopolio y gestión del terror.
A pesar de este intento de uniformidad, es posible encontrar que en la sociedad civil existe una suerte de desigualdad estructural imposible de ocultar, pues alberga al interior el conflicto entre explotadores y explotados propio de las sociedades capitalistas. En ocasiones estas contradicciones llegarán al punto en que serán expresadas de manera violenta, momento en el cual el Estado neoliberal desplegará una serie de mecanismos que tendrán como una de sus principales tareas naturalizar la idea de que la violencia es de su uso exclusivo; a cambio de esta delegación lo que el ciudadano obtiene es la protección del enemigo interno o externo que es creado y  presentado como una amenaza para esta pretendida paz al interior de los Estados y sobre el cual entonces está justificado el uso de la fuerza. A lo largo de la historia estos "enemigos" deshumanizados han encarnado en forma de minorías que necesariamente serán combatidas con el objetivo de salvaguardar la seguridad al interior de las fronteras nacionales. Ultimamente observamos los esfuerzos de parte de los Estados de construir la hegemonía a partir de la figura de la "inseguirdad", al suscitar el caos, desgarrar el tegido social y mermar la capacidad de protesta.
Bajo esta lógica del uso exclusivo y justificado de la violencia por parte del Estado bajo pretexto de salvaguardar los intereses de sus ciudadanos y mantener esta falsa paz, en México se ha desplegado desde los años 60 una campaña de desprestigio hacia algunos sectores, por lo cual: "matar antisociales, sean éstos delincuentes o subversivos, no es romper el orden, es preservarlo" (Bartra, 2016: 226). Recurriendo a Benjamin, Armando Bartra aborda el tema de la violencia ascendente en México: a través de la instauración del derecho en las sociedades, se crea una suerte de violencia permanente sobre la que se forman instituciones y constituciones políticas que se mantendrán de pie gracias al monopolio de la fuerza que a su vez permite la reproducción de la economía transnacional soportada por la extracción del plusvalor y actualmente también por el despojo a la naturaleza.
A pesar de que en México las relaciones sociales se encuentran supeditadas a leyes escritas y en parte al capital transnacional, existe una dimensión de poder que se extiende más allá, lo que es conocido como biopoder, concepto que retomado de Michel Foucault hace referencia al modo en que este aparato estatal logra disciplinar no solo los cuerpos sino las mentes de los ciudadanos, por lo que uno de los objetivos más buscados por el Estado será el de hacer desaparecer todo aquello que se salga del orden, confundiendo la razón del aparato gubernamental con el terror. Cuando se logra someter a este régimen adoctrinando a los cuerpos, es posible manipular, pues en un entorno en el cual la violencia se ha generalizado, será más fácil para el gobierno ocultar la represión, pues se vuelve "necesaria" para preservar el orden.
Siguiendo este argumento es posible reflexionar sobre la violencia incontenible que se ha desatado en todo el territorio nacional, que si bien no surge como tal con la toma de poder de Felipe Calderón en 2006, si tiene un impulso nunca antes visto, convirtiéndola en lo que Paley denomina como una guerra, pues el gobierno mexicano utiliza la violencia como instrumento para obtener la obediencia de los pueblos. Esta nueva guerra ha estimulado los procesos de despojo múltiple en favor del capital transnacional; la Iniciativa Mérida impulsada por Estados Unidos que apoya al combate militarizado al narcotráfico es sólo una muestra de que al país del norte le interesa la permanencia de este conflicto.
Oficialmente existe un discurso en el que esta guerra está destinada a combatir el narcotráfico, mismo que es reproducido por muchos medios de información masiva, aunque al pensar en la estructura fuerte del Estado parece un poco dudoso que existan células criminales que operen al margen del mismo, sobre todo porque en el caso mexicano existen distintos niveles en los que la violencia se acepta y no sólo eso, sino que es necesaria para el funcionamiento. En este sentido vale la pena analizar el planteamiento de que la violencia sea impulsada por grupos criminales, pues cada vez es más común que existan cuerpos policiacos e incluso castrenses que o pertenecen a estos grupos delictivos u operan a la par.Eso nos lleva a la reflexión sobre la inutilidad de categorías como el "Estado fallido", puesto que justo estas son las formas de relacionarse con la sociedad y reproducirse del poder estatal en México y América Latina, donde es el Estado, tanto en su presencia como ausencia, que domina y perpetua las relaciones violentas y corruptas.
En muchos lugares de México existe una confrontación directa con el Estado por parte de ciertas poblaciones que se encuentran asentadas en lugares estratégicos para la extracción de recursos y consecuente operación del capital transnacional, momento en el que se despliegan estas estrategias estatales en la que van a nombrar a estos grupos disidentes como los Otros que amenazan la estabilidad: con la configuración de las mentes de los sujetos, existe una despolitización de las luchas de estos sectores, pues serán reducidos a un conflicto en el que tendrán intereses encontrados con los intereses estatales y por lo tanto con la seguridad nacional permitiendo así que las empresas sigan adelante con sus planes de despojo sobre todo hacia comunidades indígenas.
Con el deseo del control territorial, la combinación entre terror e intereses capitalistas se otorga a la violencia un papel fundamental para la expansión y operación de los mercados internacionales dañando irreversiblemente tejidos comunitarios y comunidades indígenas.

Autora: Elena Hérnandez Maldonado
 

miércoles, 24 de enero de 2018

Tomar el poder sin cambiar el mundo

El libro de Pierre Gaussens Tomar el poder sin cambiar el mundo. El fracaso de la izquierda latinoamericana, México, Yecotli, Prodeduc, 2017.
 
En la década de los años 2000 en América Latina, la llegada al poder de una serie de nuevos gobiernos en varios países (con Chávez, Lula, Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Mujica…) dibujó un giro a la izquierda en el panorama político regional. Sin embargo, su comprensión desde la ciencia social ha sido dificultada por los posicionamientos ideológicos y los discursos oficiales, los cuales suelen presentar a este giro como una “revancha histórica” de los pueblos frente al neoliberalismo, cuando no, inclusive, como un proceso revolucionario y la construcción de una alternativa al capitalismo.
En contra de esta ilusión, Pierre Gaussens explica por qué este giro a la izquierda obedece a reconfiguraciones estructurales que, en realidad, son favorables a la profundización del capitalismo en el continente y así, entran en contradicción con las luchas de los movimientos sociales de las dos décadas anteriores. Esta paradoja es demostrada a partir del caso ecuatoriano, con el gobierno de Rafael Correa y la llamada “revolución ciudadana”.
Tomar el poder sin cambiar el mundo sitúa los límites de una estrategia política agotada. Entenderlo implica inscribirse en el gran debate acerca de la revolución y el cambio social, el mismo que fue abierto a inicios del siglo por el Foro Social Mundial. Ahora es tiempo de hacer un balance crítico sobre la praxis de gobierno por la izquierda, en relación con las luchas populares que indirectamente la llevaron al poder. El veredicto del autor es inapelable: la izquierda latinoamericana fracasó.

 Reflexiones y debate surgido en torno al libro:

- Se indica en el fracaso de la vía estatal de "cambiar el mundo", y por ende el agotamiento de la propuesta de la vieja izquierda latinoamericana. Hay una necesidad urgente de repensar las luchas y dirigirlas hacia la autonomía en relación con los canales institucionales que no sólo no ayudan, sino todo lo contrario, han debilidato enormemente los movimientos sociales en la última década.
-  Se pregunta si hablar del "fracaso de la izquierda" es justificado y si no perjudica a las diversas izquierdas existentes en América Latina que no comulgan con los "progresismos". El autor indica que actualmente la división horizontal entre la izquierda y la derecha no sirve y opta por la dicotomía vertical "arriba y abajo", indicando que la palabra "izquierda" entre los movimientos sociales es cada vez más asociada con la vieja izquierda partidaria y por eso rechazada. Sería una de las consecuencias negativas de los gobiernos de "giro a la izquierda" que en este nombre aplicaban políticas perfectamente conservadoras de "derecha". Nos preguntamos si no podríamos recuperar el concepto de la izquierda en su sentido rebelde y, sobre todo, anticapitalista, al decir del zapatismo "abajo y a la izquierda".