Raúl Zibechi: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías. Autonomías y emancipaciones en la era del progresismo, México, Bajo Tierra Ediciones, 2015, 385 pgs.
“Como decía Gilberto (López y Rivas) recién:
yo prefiero ser oprimido
por Evo (Morales) que por estos. (burguesía y clases medias de derecha). Hay una diferencia, yo creo que esa
diferencia no sólo es política sino que es afectiva, en cómo está viviendo la
gente la opresión (…). Lo que nos corresponde a nosotros no es decirles que son
unos traidores (sino) que tengan cuidado, vayan despacio…” (Raúl Zibechi).
Presentación del libro, UNAM, septiembre
2015: https://www.youtube.com/watch?v=ygzBwHEgWR0,
minutos 21:20 y 30:02, respectivamente.
Se trata del
discurso de una “izquierda alternativa” a la tradicional izquierda marxista
latinoamericana, en el que la teoría no tiene un lugar central. Así lo escribe
el propio Zibechi: “La teoría no es necesaria para hacer la revolución” (:
382). Esta aseveración se asienta en una definición de teoría citada entre comillas en la página previa, de una fuente no
especializada: el Diccionario de la Real
Academia (española). Recíprocamente, la “empatía
teórica” de JRA con el autor aparece en la “Presentación” del libro: “Creer
(…) que las ideas se elaboran en espacios cerrados por especialistas para luego
ser trasladadas al combate, es un modo colonial de ver el mundo” (: 9). “Es
necesario definir, con precisión, quiénes son los sujetos del pensamiento
insumiso (…) toda vez que Estados y academias se vienen atribuyendo méritos que
no les corresponden, centralidades que no se verifican en la vida real, no
reconociendo el papel ineludible del
conflicto en la elaboración teórica” (: 15).
No poco
“conflictivo” o contradictorio resulta leer, en otras líneas de las mismas páginas,
que los acontecimientos narrados por Zibechi, fruto de su recorrido por varios
países de América Latina, han sido seguidos por el colectivo JRA “en la prensa”
y “desde la distancia” (: 12); o que no se trataría de “ensanchar las filas de
la pequeña burguesía” —resultado de la alianza entre los gobiernos
“progresistas” y las clases dominantes— al tiempo que se afirma que el
colectivo JRA cuenta con el apoyo “de sectores medios, quienes se jugaron la
vida junto a los más pobres. Así ha sido siempre y todo indica que así será en
el futuro” (: 16).
En suma, lo que
parece reivindicar el colectivo JRA es un “pensamiento insumiso capaz de vencer
los atavíos (sic) de la izquierda tradicional” (: 11). —Consultando el
diccionario al que recurre Zibechi, que define “atavíos” como “objetos de
adorno”, quizá lo que se quiso aludir críticamente fueron los “atavismos de la izquierda tradicional”. Curiosamente,
uno de los atavismos más reiterados, observado por la teoría social en la
región hace ya varias décadas, es el antiintelectualismo, que convierte a la
supuesta izquierda en una mera protesta.
Limitémonos
ahora al lugar de Bolivia en esta obra de Zibechi y desde el llamado
“pensamiento insumiso” o “pensamiento crítico” en la práctica. El autor (y los
presentadores) parten de dos preguntas provenientes de fines de los 60, que
seguirían teniendo respuestas insatisfactorias: “Por qué las revoluciones
reproducen una y otra vez la cultura política de las clases dominantes? ¿por
qué el ´hombre nuevo´ es tan parecido al
hombre viejo, al patriarca opresor y explotador que combatimos?” (: 16). Zibechi
entiende que “hace falta detenerse en las trayectorias”, lo que realiza en
menos de dos páginas recordando que la ex Unión Soviética dirigida por el
“Partido Bolchevique” purgó a sus “cuadros más conscientes”; que, en China, a
la muerte de Mao se conocieron las “atrocidades cometidas durante la revolución
cultural” (: 16); y que, en cambio, la revolución cubana debatió sobre los
incentivos económicos “de la mano del Che” (: 17), reivindicando así a Frantz
Fanon y en el presente al EZLN y Cecosesola (Estado de Lara, Venezuela) por
“crear poderes no coloniales, o sea, no estatales” (: 18).
Lo anterior
resulta coherente con el año en que Zibechi sitúa a los orígenes de los “nuevo
movimientos” (1968), si bien siguiendo a Wallerstein y otros especialistas que
producen teoría en “espacios cerrados”. Es incongruente con la historia de
Bolivia que se ficciona, calificando como “eurocéntrica” la histórica Tesis de
Pulacayo de los sindicatos mineros (histórica, parece necesario decirlo,
producida y validada localmente) supuestamente contraria al katarismo “de 1989”
(: 59, n.2). En realidad, diez años antes de lo señalado, en 1979, el katarismo
inscrito en la CSUTCB se alió a la COB orientada ideológicamente por la FSTMB
(los mineros de la Tesis de Pulacayo): no se trata de una interpretación discrepante, no es algo difícil de leer en
diversos autores y testimonios, consta no solamente en toda historiografía
general de Bolivia sino en la prensa del periodo.
Según Zibechi,
el sindicalismo o “lo viejo (la COB) se cae a pedazos en pocos años” y añade
que esto “lo analizó brillantemente Álvaro García”, vicepresidente del Estado
Plurinacional desde el 2006. Una “lógica comunal” se habría impuesto al
“sindicato como alternativa modernizante” fracasada proveniente del Estado del
52. “En este caso, el patriarcado tenía nombre de sindicato”, mientras que la
comunidad tendría “un estilo de hacer femenino”; proceso visible, según
Zibechi, en “la reivindicación de Tupac Katari y Bartolina Sisa (nunca uno u
otro sino los dos), un proceso de descolonización desde abajo, asombroso, que
aun está lejos de haber concluido” (: 60). Tan lejos, en efecto, como el modo
en que los titulares del Estado Plurinacional decidieran adquirir un satélite llamado
“Tupac Katari” —véase el costo menos oneroso y la utilidad efectiva del aparato
que adquirió el gobierno del Perú, sin necesidad de llamarlo “Tupac Amaru”— y silenciar
la manipulación de la dirigencia sindical de las Bartolinas (por Bartolina Sisa),
en el caso ahora inocultable de manejos dolosos del Fondo Indígena (Fondioc). La
retórica del colectivo JRA, contra “el macho vanguardista que sabe
perfectamente qué y cómo debe hacerse la revolución” (: 11) efectivamente logra
una empatía ampliada en el texto de Zibechi, lo que desaparece es la realidad, incluida
la práctica misógina del Presidente boliviano, que no es imprescindible teorizar
y consta en la prensa diaria, inalterada a lo largo de casi una década y sin
perjuicio de “la distancia”.
Pero todavía
más desconcertante como “pensamiento descolonizador”, que las definiciones de
Zibechi sobre el Pachacutik —resulta
inevitable sugerir que, para evitar una folklorización de segundo grado de las
nociones del “mundo andino”, se recurra a la lectura de alguno de los notables
textos “eurocéntricos” que la antropología francesa o inglesa produjo hace al
menos tres décadas; con Bouysse-Cassagne sobraría— son sus afirmaciones sobre el
Buen Vivir: sin “relación con la realidad”, dice, ya que “quienes lo practican
—algunas comunidades andinas y amazónicas—, son minorías pobres que no
entusiasman a nadie, ni siquiera a los intelectuales que en las constituciones
de Bolivia y Ecuador formularon esos conceptos tan importantes” (: 72). Nótese
que aquí lo importante es la teoría (“esos conceptos”); que entre los
intelectuales negligentes el aludido en primer lugar en el caso boliviano, por
su protagonismo en la Constituyente boliviana, resulta el Vicepresidente, y que
la atribución de “minoría” y “pobreza” de las comunidad andinas —el Buen Vivir (suma qamaña) es una noción que no es
parte de la cosmovisión amazónica— no es una ironía del autor.
“De la guerra
a la gestión del agua” se titula otro de los ensayos (: 183-193) pero lo
primero, acontecimiento del año 2000, está ausente en todo el texto; lo
reemplaza “el mayor cambio (sucedido) a raíz de la llegada del gobierno de Evo
Morales en enero del 2006” (: 190), a pesar de lo cual concluye
contradictoriamente que “es posible gestionar (en este caso el agua) por fuera
del Estado” (: 193). La razón, me parece, de que el acontecimiento fundacional
esté ausente, es el desconocimiento de la historia reemplazada por una frase:
“En el periodo neoliberal, el Estado boliviano decidió que sólo tendrían agua
los ricos y las capas medias” (: 184). La realidad es siempre menos sensible a
la retórica, y si bien requiere de un mínimo de esfuerzo, sucintamente podría
resumirse así la “guerra del agua” del año 2000: el gobierno constitucional del
ex dictador Hugo Banzer, confió en la ciudad de Cochabamba como tradicional
plaza fuerte electoral suya, ignorando el descontento acumulado por la
histórica escasez de agua en el departamento y su reivindicación hasta el
presente como cuestión desatendida por el Estado, y luego de permitir el cobro
excesivo a toda la población, sin distinciones clasistas y por medio de un
consorcio transnacional, debió reprimir sin éxito el levantamiento de toda la
población urbana.
En otro
ensayo, el cambio que habría operado el gobernante MAS en la “ciudad blanca y
racista de Santa Cruz” (: 195 ss), es descrito por Zibechi como una “verdadera
apertura democrática”, análoga a la que uno de sus entrevistados habría
entrevisto en México, con empleados bancarios “indígenas” e “indios en los
ministerios” (: 205). La refiere como una “política desde abajo”, por la que
“ahora los indios (bolivianos) llevan con orgullo sus ropas, sus nombres y sus
apellidos, y se relacionan de igual a igual con los demás” (: 206), discurso
que como cualquiera sabe, es el que se enuncia oficialmente desde el Estado
Plurinacional, institucionalidad a la que el autor dice oponer, por principio
ético, “el poder de los de abajo”.
Sobre la
represión a la marcha indígena del TIPNIS basta recordar las últimas líneas de
Zibechi, según las cuales, después de que “el presidente salió del Palacio (de
gobierno), saludó a los indígenas y se dirigió a ellos en tono conciliador” la
conclusión que cabría retener es que “una vez más, ganó la gente común. Bolivia
sigue siendo, por ahora, un país diferente” (: 214). Mejor no recordar un
artículo para La Jornada, diario de México, a días de la represión del TIPNIS
por el gobierno de Evo Morales, que elogiaba a dicho Presidente; ni la
declaración del Vicepresidente respecto a que ”él sabía” quién era el
responsable de la represión… Suman al menos cuatro años de misterio de esta
imaginaria “Bolivia diferente”, en la que gana “la gente común” pese a que el
proyecto de la carretera sobre el TIPNIS consta imperturbable, esperando su
momento, en el plan de gobierno del MAS.
Hugo Rodas Morales, miembro del proyecto

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