jueves, 17 de septiembre de 2015

Hablando de descolonizar gobiernos: el lugar de Bolivia. Crítica del libro de Zibechi.



Raúl Zibechi: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías. Autonomías y emancipaciones en la era del progresismo, México, Bajo Tierra Ediciones, 2015, 385 pgs.



“Viendo desde México uno diría: bueno, yo preferiría ser oprimido por Evo (Morales), a ser oprimido por este descerebrado (Enrique Peña Nieto). O sea, digo, si me dan a escoger entre dominaciones, pues yo escojo una dominación donde la vida de uno no esté pendiente de un hilo (…). El estado de putrefacción del Estado mexicano es de tal naturaleza, que cualquier realidad podría ser preferible”. (Gilberto López y Rivas).

“Como decía Gilberto (López y Rivas) recién: yo prefiero ser oprimido por Evo (Morales) que por estos. (burguesía y clases medias de derecha). Hay una diferencia, yo creo que esa diferencia no sólo es política sino que es afectiva, en cómo está viviendo la gente la opresión (…). Lo que nos corresponde a nosotros no es decirles que son unos traidores (sino) que tengan cuidado, vayan despacio…” (Raúl Zibechi).

Presentación del libro, UNAM, septiembre 2015: https://www.youtube.com/watch?v=ygzBwHEgWR0, minutos 21:20 y 30:02, respectivamente.

La “Presentación” de este libro (:9-14) que reúne ensayos del autor, está a cargo del colectivo mexicano autodenominado Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA), que trabaja políticamente desde hace más de una década, según declararan en una entrevista anterior (https://www.youtube.com/watch?v=2fUmJFEc54w , noviembre, 2012).  Le sigue el “Prólogo a la edición mexicana” y al final los “Agradecimientos” del autor (:15-18 y 23-24), además del texto: “Hacer el mundo con nuestras propias manos” de Enrique Reynoso por la Organización Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente (:19-21). En otras fuentes virtuales sobre el JRA, como el programa “RompevientoTV” el entrevistador dice que el uruguayo Raúl Zibechi es chileno; uno de los entrevistados afirma que la intelectual mexicana Raquel Gutiérrez es boliviana (20:02) y otra señala que la relación con Zibechi es por “empatía teórica”.

Se trata del discurso de una “izquierda alternativa” a la tradicional izquierda marxista latinoamericana, en el que la teoría no tiene un lugar central. Así lo escribe el propio Zibechi: “La teoría no es necesaria para hacer la revolución” (: 382). Esta aseveración se asienta en una definición de teoría citada entre comillas en la página previa, de una fuente no especializada: el Diccionario de la Real Academia (española). Recíprocamente, la “empatía teórica” de JRA con el autor aparece en la “Presentación” del libro: “Creer (…) que las ideas se elaboran en espacios cerrados por especialistas para luego ser trasladadas al combate, es un modo colonial de ver el mundo” (: 9). “Es necesario definir, con precisión, quiénes son los sujetos del pensamiento insumiso (…) toda vez que Estados y academias se vienen atribuyendo méritos que no les corresponden, centralidades que no se verifican en la vida real, no reconociendo el papel ineludible del conflicto en la elaboración teórica” (: 15). 

No poco “conflictivo” o contradictorio resulta leer, en otras líneas de las mismas páginas, que los acontecimientos narrados por Zibechi, fruto de su recorrido por varios países de América Latina, han sido seguidos por el colectivo JRA “en la prensa” y “desde la distancia” (: 12); o que no se trataría de “ensanchar las filas de la pequeña burguesía” —resultado de la alianza entre los gobiernos “progresistas” y las clases dominantes— al tiempo que se afirma que el colectivo JRA cuenta con el apoyo “de sectores medios, quienes se jugaron la vida junto a los más pobres. Así ha sido siempre y todo indica que así será en el futuro” (: 16). 

En suma, lo que parece reivindicar el colectivo JRA es un “pensamiento insumiso capaz de vencer los atavíos (sic) de la izquierda tradicional” (: 11). —Consultando el diccionario al que recurre Zibechi, que define “atavíos” como “objetos de adorno”, quizá lo que se quiso aludir críticamente fueron los “atavismos de la izquierda tradicional”. Curiosamente, uno de los atavismos más reiterados, observado por la teoría social en la región hace ya varias décadas, es el antiintelectualismo, que convierte a la supuesta izquierda en una mera protesta.

Limitémonos ahora al lugar de Bolivia en esta obra de Zibechi y desde el llamado “pensamiento insumiso” o “pensamiento crítico” en la práctica. El autor (y los presentadores) parten de dos preguntas provenientes de fines de los 60, que seguirían teniendo respuestas insatisfactorias: “Por qué las revoluciones reproducen una y otra vez la cultura política de las clases dominantes? ¿por qué el ´hombre nuevo´  es tan parecido al hombre viejo, al patriarca opresor y explotador que combatimos?” (: 16). Zibechi entiende que “hace falta detenerse en las trayectorias”, lo que realiza en menos de dos páginas recordando que la ex Unión Soviética dirigida por el “Partido Bolchevique” purgó a sus “cuadros más conscientes”; que, en China, a la muerte de Mao se conocieron las “atrocidades cometidas durante la revolución cultural” (: 16); y que, en cambio, la revolución cubana debatió sobre los incentivos económicos “de la mano del Che” (: 17), reivindicando así a Frantz Fanon y en el presente al EZLN y Cecosesola (Estado de Lara, Venezuela) por “crear poderes no coloniales, o sea, no estatales” (: 18). 

Lo anterior resulta coherente con el año en que Zibechi sitúa a los orígenes de los “nuevo movimientos” (1968), si bien siguiendo a Wallerstein y otros especialistas que producen teoría en “espacios cerrados”. Es incongruente con la historia de Bolivia que se ficciona, calificando como “eurocéntrica” la histórica Tesis de Pulacayo de los sindicatos mineros (histórica, parece necesario decirlo, producida y validada localmente) supuestamente contraria al katarismo “de 1989” (: 59, n.2). En realidad, diez años antes de lo señalado, en 1979, el katarismo inscrito en la CSUTCB se alió a la COB orientada ideológicamente por la FSTMB (los mineros de la Tesis de Pulacayo): no se trata de una interpretación  discrepante, no es algo difícil de leer en diversos autores y testimonios, consta no solamente en toda historiografía general de Bolivia sino en la prensa del periodo.  

Según Zibechi, el sindicalismo o “lo viejo (la COB) se cae a pedazos en pocos años” y añade que esto “lo analizó brillantemente Álvaro García”, vicepresidente del Estado Plurinacional desde el 2006. Una “lógica comunal” se habría impuesto al “sindicato como alternativa modernizante” fracasada proveniente del Estado del 52. “En este caso, el patriarcado tenía nombre de sindicato”, mientras que la comunidad tendría “un estilo de hacer femenino”; proceso visible, según Zibechi, en “la reivindicación de Tupac Katari y Bartolina Sisa (nunca uno u otro sino los dos), un proceso de descolonización desde abajo, asombroso, que aun está lejos de haber concluido” (: 60). Tan lejos, en efecto, como el modo en que los titulares del Estado Plurinacional decidieran adquirir un satélite llamado “Tupac Katari” —véase el costo menos oneroso y la utilidad efectiva del aparato que adquirió el gobierno del Perú, sin necesidad de llamarlo “Tupac Amaru”— y silenciar la manipulación de la dirigencia sindical de las Bartolinas (por Bartolina Sisa), en el caso ahora inocultable de manejos dolosos del Fondo Indígena (Fondioc). La retórica del colectivo JRA, contra “el macho vanguardista que sabe perfectamente qué y cómo debe hacerse la revolución” (: 11) efectivamente logra una empatía ampliada en el texto de Zibechi, lo que desaparece es la realidad, incluida la práctica misógina del Presidente boliviano, que no es imprescindible teorizar y consta en la prensa diaria, inalterada a lo largo de casi una década y sin perjuicio de “la distancia”. 

Pero todavía más desconcertante como “pensamiento descolonizador”, que las definiciones de Zibechi sobre el Pachacutik —resulta inevitable sugerir que, para evitar una folklorización de segundo grado de las nociones del “mundo andino”, se recurra a la lectura de alguno de los notables textos “eurocéntricos” que la antropología francesa o inglesa produjo hace al menos tres décadas; con Bouysse-Cassagne sobraría— son sus afirmaciones sobre el Buen Vivir: sin “relación con la realidad”, dice, ya que “quienes lo practican —algunas comunidades andinas y amazónicas—, son minorías pobres que no entusiasman a nadie, ni siquiera a los intelectuales que en las constituciones de Bolivia y Ecuador formularon esos conceptos tan importantes” (: 72). Nótese que aquí lo importante es la teoría (“esos conceptos”); que entre los intelectuales negligentes el aludido en primer lugar en el caso boliviano, por su protagonismo en la Constituyente boliviana, resulta el Vicepresidente, y que la atribución de “minoría” y “pobreza” de las comunidad andinas —el Buen Vivir (suma qamaña) es una noción que no es parte de la cosmovisión amazónica— no es una ironía del autor.   

“De la guerra a la gestión del agua” se titula otro de los ensayos (: 183-193) pero lo primero, acontecimiento del año 2000, está ausente en todo el texto; lo reemplaza “el mayor cambio (sucedido) a raíz de la llegada del gobierno de Evo Morales en enero del 2006” (: 190), a pesar de lo cual concluye contradictoriamente que “es posible gestionar (en este caso el agua) por fuera del Estado” (: 193). La razón, me parece, de que el acontecimiento fundacional esté ausente, es el desconocimiento de la historia reemplazada por una frase: “En el periodo neoliberal, el Estado boliviano decidió que sólo tendrían agua los ricos y las capas medias” (: 184). La realidad es siempre menos sensible a la retórica, y si bien requiere de un mínimo de esfuerzo, sucintamente podría resumirse así la “guerra del agua” del año 2000: el gobierno constitucional del ex dictador Hugo Banzer, confió en la ciudad de Cochabamba como tradicional plaza fuerte electoral suya, ignorando el descontento acumulado por la histórica escasez de agua en el departamento y su reivindicación hasta el presente como cuestión desatendida por el Estado, y luego de permitir el cobro excesivo a toda la población, sin distinciones clasistas y por medio de un consorcio transnacional, debió reprimir sin éxito el levantamiento de toda la población urbana. 

En otro ensayo, el cambio que habría operado el gobernante MAS en la “ciudad blanca y racista de Santa Cruz” (: 195 ss), es descrito por Zibechi como una “verdadera apertura democrática”, análoga a la que uno de sus entrevistados habría entrevisto en México, con empleados bancarios “indígenas” e “indios en los ministerios” (: 205). La refiere como una “política desde abajo”, por la que “ahora los indios (bolivianos) llevan con orgullo sus ropas, sus nombres y sus apellidos, y se relacionan de igual a igual con los demás” (: 206), discurso que como cualquiera sabe, es el que se enuncia oficialmente desde el Estado Plurinacional, institucionalidad a la que el autor dice oponer, por principio ético, “el poder de los de abajo”. 

Sobre la represión a la marcha indígena del TIPNIS basta recordar las últimas líneas de Zibechi, según las cuales, después de que “el presidente salió del Palacio (de gobierno), saludó a los indígenas y se dirigió a ellos en tono conciliador” la conclusión que cabría retener es que “una vez más, ganó la gente común. Bolivia sigue siendo, por ahora, un país diferente” (: 214). Mejor no recordar un artículo para La Jornada, diario de México, a días de la represión del TIPNIS por el gobierno de Evo Morales, que elogiaba a dicho Presidente; ni la declaración del Vicepresidente respecto a que ”él sabía” quién era el responsable de la represión… Suman al menos cuatro años de misterio de esta imaginaria “Bolivia diferente”, en la que gana “la gente común” pese a que el proyecto de la carretera sobre el TIPNIS consta imperturbable, esperando su momento, en el plan de gobierno del MAS.  

La sugerencia de este comentario crítico respecto a los textos referidos, que convenientemente para los “gobiernos progresistas” latinoamericanos se detienen en el año 2010, es recordar la importancia de la sistematicidad en el trabajo intelectual, frente a la fácil retórica de descolonización de “otros pensamientos”, que silencia o desconoce la rica historia intelectual pasada, declarando “descubrir” la rebeldía en América Latina.

Hugo Rodas Morales, miembro del proyecto

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